
Es una de esas estrellas que demuestra que el duro y anónimo trabajo de la hormiguita acaba dando sus frutos. Pablo Motos, de 44 años, empezó en el mundo de los medios como especialista en política y sucesos, pero pronto descubrió su faceta cómica y desde entonces se ha volcado en hacernos la vida más divertida. Está al frente de El hormiguero, uno de los éxitos de Cuatro, espacio en el que compite con el monstruo de la audiencia Escenas de matrimonio.
¿Cómo se vive el éxito?
Probablemente no me he enterado, sólo me di cuenta el fin de semana que estuve en la calle por primera vez. Hasta entonces sólo había estado trabajando y en mi casa, no había salido a ningún sitio a cenar o tomar copas, por eso cuando salí por primera vez, fue cuando comprobé que todo el mundo me conocía.
¿Competir con el más fuerte te hace sentir el más grande?
Yo no lo vivo como una competición. Nosotros llevamos nuestro rollo. Sabemos que trabajamos en Cuatro y somos conscientes de que no podemos conseguir las audiencias que tienen las grandes cadenas. De momento es un sueño arrancarle un par de puntos a una cosa muy potente, pero yo estoy más que feliz por superar la media de la cadena. Eso sí, la presión de la audiencia la sientes, notas el aliento en la nuca.
¿Qué busca una persona que se sienta delante del televisor?
El día está gastado; la gente llega a casa de mal humor y con dolor de cabeza, está de mala leche, su jefe le ha hecho alguna ‘perrada’ y lo que quiere es que tú le desintoxiques.
¿Qué pretendéis provocar en la audiencia?
Para mí un programa perfecto tiene que tener emoción, una parte de algo que tú no sabías y que cuando termina el programa has aprendido. Si además tiene algo de ternura, entonces es perfecto.
¿Quién es el mejor espectador: el que toma nota de todo o el que no se entera de nada pero se ha divertido como un enano?
El segundo, sin ninguna duda, el primero es un coñazo.
¿Qué importancia das a la risa?
Para mí es mi forma de vida, es una actitud, una forma de pasar por el mundo.
¿Dirías que cuanto peor está el panorama político más importancia tienen programas como el tuyo?
Los programas de humor siempre tienen importancia, sea cual sea el momento pero ahora, cuando estamos a punto de ‘pegarnos’, viene bien un programa de éstos. La gente ha llegado a un punto en el que va por la calle chillando. Nosotros hacemos un papel que debería subvencionar el Ministerio de Asuntos Sociales.
¿Cómo se llega a hacer un programa como éste?
El mejor consejo me lo dio Juan Herrena, uno de mis guionistas. Me dijo: “Tú la idea ya la tienes, preocúpate de localizar a un buen equipo.” Ése es el momento en el que hay que decir que vas a hacer un programa de televisión, nunca al revés, porque entonces la gente se equivoca. Lo que hice fue estar varios meses buscando gente que me gustaba; por ejemplo, me gustaba el realizador de Jesús Quintero y me fijaba al final del programa para ver quién era; y esto lo repetí con varios programas. Así fue como conocí a Jorge Salvador, Álex Miñana y al quipo de Crónicas Marcianas.
¿Te definirías como un humorista?
Yo lo que soy es un tío que hace que el de enfrente se lo pase bien. El humor y el chiste me gustan menos. Prefiero pensar que hacemos un buen programa de entretenimiento.
¿Y lo tuyo es vocacional?
No, es una casualidad. Yo iba para locutor serio, era experto en sucesos y política, pero empecé a hacer un programa con Julia Otero, donde hacía un monólogo de humor. A partir de ahí me llamaron de El Club de la Comedia y, en ese momento empecé a ver que ganaba más dinero diciendo que era cómico, y me dejé llevar.

¿Eres periodista?
No, soy músico, titiritero.
¿Cómo eras de adolescente?
Era un proyecto de delincuente. Siempre estaba pensando qué podía hacer que fuese malo.
¿Eras un malo que te reconvertiste en bueno?
A diario vivía con gitanos que me enseñaron a tocar la guitarra. Luego las cosas empezaron a complicarse porque, según mis amigos se iban haciendo mayores, entraban en el talego. Fue entonces cuando le empecé a dar clases a un pijo, a un rico, y me di cuenta de que lo que yo quería ser era rico y no delincuente; esto como principio, porque es difícil ser rico sin ser delincuente. Lo que pasa es que me gustan las causas difíciles, y me puse a ello.
¿Te definirías como un desubicado?
No, de ninguna manera.
¿Cómo entraste en el mundo de los medios?
Trabajaba en una discoteca y me propusieron hacer un programa de radio. Me gustó mucho y seguí adelante.
¿Cuáles son las claves para el humor?
Que haya verdad y sufrimiento.
¿Y la perfección del humor es reírse de uno mismo?
Me parece una farsa lo de quiero que te rías conmigo y no de mí. A mí me da igual que se rían de mí. Si te veo feliz, me parece bien.
¿Por qué el sexo es tan recurrente?
Porque es una de las cosas más maravillosas que hay en el planeta Tierra.
Y quién se ríe más del sexo: ¿el que lo hace o el que no lo hace?
El que no lo hace. El que lo hace ya es feliz, y al que no lo hace no le queda más remedio que reírse. Eso sí, ten claro que aquí no se folla, hacerlo es la excepción.
¿La clave en la vida es darle la vuelta a las cosas?
En el sexo darle la vuelta siempre es interesante.
¿Y cómo se da la vuelta a unos cuernos o a un ‘gatillazo’?
En los cuernos lo mejor es aprender a encajarlo, y cuando uno tiene una pareja estable lo que hay que hacer es decir: “No me cuentes nada que no debas contarme y yo no haré preguntas que no deba hacer.” Y, evidentemente, si se ponen los cuernos nunca hay que contarlo, no hay que enterarse.
¿Perdonarías unos cuernos?
Si estoy enamorado lo pasaría mal, pero perdonaría; eso sí, no preguntaría nada.
¿Y cómo le das la vuelta a un ‘gatillazo’?
Seguramente mal. Una vez tuve uno. Estaba mal, me habían dejado y una chica me dijo que me iba a quitar la pena, pero no pude hacer el amor con ella. Me convencí de que me había quedado impotente porque me habían dejado y estuve una temporada sin hacerlo. Pero luego volví.
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